El segundo encuentro del taller, el 21 de noviembre de 2009, tuvo dos ejercicios. El primero era una producción narrativa que debía ser atravesada por las palabras que el coordinador dictaría periódicamente. El segundo ejercicio consta de la confección de una lista de sustantivos y, luego, otra lista de adjetivos que acompañaren a los sustantivos; luego, deberían contextualizarlos.
He aquí, entonces, algunos de los trabajos presentados.
Gabriela Ángela Santoro
Ejercicio
Rejas Blancas
Estaba decidido a hablar, ¿sobre qué? No lo sabía, pero necesitaba mirarla aunque su mirada me ponía eléctrico y nunca podía hilvanar otra frase o idea que no fuera: ¿su padre está en casa?
Hacía tres años que trabaja como secretario de su padre y desde el momento que la vi tomando un té en la cocina iluminada por el sol de la mañana, creí que se trataba de un fantasma que había salido de mis sueños pasados.
Sueños o pesadillas, ya que un ángel con su figura y su rostro me guiaba tras una rejas blancas que lentamente se abrían, dando lugar a un sendero largo y flanqueado por enormes pinos color turquesa. Ese sueño se repetía una y otra vez a lo largo de cada noche, sin poder comprender su significado hasta que la encontré una mañana de abril en esa cocina.
Habían transcurrido ya tres años y sentía que aquella mujer era algo inalcanzable para mí.
Esperaba a su padre en la sala y de pronto volvió para avisarme que en unos minutos me atendería.
Sentía cosas extrañas en todo el cuerpo y una acidez en mi estómago que no podía definir a que se debía, si a mi temor de hablar o a la hamburguesa que había comido ese mediodía cerca de tribunales.
Llevaba entre mis manos pesados legajos que su padre debía revisar y firmar. Me sentia un payaso tratando de sonreir por fuera pero por dentro, no se por qué, quería llorar mientras el transcurso del tiempo pesaba más que los legajos. Sentía esa soledad que siempre pensé que acechaba a la gente del circo.
¡Era tan linda!, ¡Tenía que hablarle!
¡Estaba tan lejos mío!, ¡Tenía que ser mía!
Su casa era enorme, por eso su padre siempre se demoraba en llegar. Yo bendecía esas distancias. Ella permanecía parada como un gendarme hasta que su padre llegaba.
Nuestra compañía era un encuentro que cada uno esperaba. El silencio parecía cortar el ambiente, tambien noté que su rostro dejaba entrever que algo le angustiaba.
Por primera vez en tres años me animé a preguntarle
-¿Cómo está usted?- ella se sonrojó
-Confundida- respondió
Su respuesta fue tan poco esperada que no sabía que decir, pero mis labios tímidamente murmuraron
-¿confundida?
-Sí, ¿sabe cuál es el motivo?- se apresurò a conestar al escuchar los pasos de su padre.
-Buenas tardes, Joaquín
-Buenas tardes, Señor- respondi por primera vez sin mirarlo ya que no podia quitar mis ojos de sus labios que trataban de gritar algo y queria dilucidar.
-Gracias Constanza, su madre la está buscando para la prueba de su vestido- dijo en tono autoritario dirigiéndose hacia su hija.
-¡Que tenga buenas tardes, señorita! – le dije queriendo seguir la conversacion para saber más sobre qué o quién era el motivo de su confusión.
-Usted – afirmó en voz fuerte y segura. Y, de repente, toda su fortaleza se desvaneció, miró al suelo como dejándose caer y agregó – también, gracias.
-Vamos Constanza, tu casamiento es en dos semanas y tu madre está como loca por tus tardanzas y olvidos, ¡qué estás pensando todo el tiempo!
No supe qué decir, ni cómo detenerla. Solo mi aliento se detuvo al ver su cuerpo desvanecerse por un pasillo franqueado por vitrales en forma romboidal con figuras de enormes pinos color turquesa.
Ejercicio B
- Estábamos todos reunidos alrededor de una mesa insegura y desafiante.
- Esa ventana oportuna me dio el aliento que necesitaba
- Solo asomaba entre sus papeles el libro alto de actas.
- Nos sentamos a la mesa sin hablar, y de manera nerviosa Josefa sirvió la sopa, una especie de comida negra y pegajosa como alquitrán recien colocado sobre el asfalto en una tarde de enero
- Caminamos sin mirarnos y una lluvia silenciosa cubrió nuestro andar, tan silenciosa que podiamos escuchar el respirar de cada uno en medio del jardin
- El otoño mandarino llegó para teñir los árboles de nuestra casa abandonada y muda
- Nuestro deseo entreabierto sucumbió al golpe seco de la puerta y al sonido poderosos de sus pasos.
Ana María Bisignano
Ejercicio A
Elena
Agobiada por la miseria, Elena dejó las hojas entreabiertas del cancionero, que tan amablemente, la cocinera del comedor parroquial, le había regalado.
Sus hijos disparaban al comedor todos los días, después de llegar del colegio, para mitigar el hambre, que con espasmos eléctricos interrumpía las clases de la mañana.
Ella una noche entró en la cocina, sin pedir permiso, miró las ollas, revolvió las alacenas, en busca de algo para comer, ya que lo poco que había era para sus cuatro hijos, Luis, Santiago, Rubén y la nena más pequeñita se llamaba Laura.
Si, Elena estaba sola, muy sola, su marido lejos de ellos nada podía hacer, estaba entre rejas en la cárcel de Marcos Paz, y permanecería allí por muchos años más.
Elena mientras lo recordaba apretaba sus puños, que futuro, que esperanza, que consuelo, abrigaría su reseco corazón.
Llegó a la casilla, los niños ya dormían, se recostó vestida, ni siquiera tenía fuerzas para quitarse la ropa. Luisito acostado en ese colchón maloliente por el agua que, lluvia tras lluvia, invadía la casilla, gritó desesperado:
-Una hamburguesa con queso y una montaña de papas fritas..
Elena no atinó a despertarlo, simplemente acarició su mejilla, se dio vuelta en la cama, su mano cayó sobre el piso de tierra y allí rozó con la punta de sus dedos la nariz de payaso, que la cocinera le regaló, para que aunque sea, pudiera robarle una sonrisa.
Ejercicio B
- La noche obligatoria para los melancólicos ebrios.
- La oscuridad insegura envuelve a los niños desprotegidos.
- Su madre con una ternura oportuna acarició su mejilla.
- Desafortunadamente su silencio alto retumbó en los pasillos.
- El bombardeo dejó el mármol destrozado.
- Rocío, negra mulata, acarició su mirada.
- Elena silenciosa abrió la puerta de sus sueños.
- Cerca del lago las burbujas embrujadas cuentan sus misterios.
- Con sus manos de abuela tejió la mantilla mandarina para Nicolás.
- Agobiado por la miseria dejó las hojas entreabiertas del cancionero de la iglesia.
Milena Martinelli
Ejercicio A
Dudas...
Desde hacía varios días estaba esperando su llamada; tan sólo me rodeaban los silencios, que se transformaban en eléctricos estallidos de mi llanto. ¿Por qué no llamaba? Acaso, ya no le importaba, ya no me recordaba. Había sido tampoco significativo nuestro encuentro en su vida. Quizá fueron vanas sus respuestas y sus caricias. ¡No quiero seguir así! Tal vez, debería tomar el consejo de Marta, que me dio hace algunos días, en la cocina de casa, mate por medio. Me lo repetía una y otra vez, no debería estar tan exaltada, que dejara pasar los días, que debería olvidarlo; me dio a entender que algo conocía de su vida, pero no podía contármelo, todavía. Mi amiga continuaba con sus palabras tan inquietantes para mí, que parecían rejas entramadas que contenían el avance de las explicaciones, provocando aún más mi angustia, pero nada lograban esclarecer. Así, fueron pasando las horas, cuando salí de la cocina, oscurecía, no atine a nada, hundí en el sillón mi cuerpo y mi pensamiento.
Ensimismada, de pronto, me sobresaltó el confuso y penetrante son del teléfono, tan anhelado, tan ansiado. Se apoderó de mí un desconocido pánico, mis brazos y mis piernas no me respondían, no escuchaban mis súplicas...
Desde la cocina la hamburguesa me reclamaba, el calor del fuego, pronto la acabaría, debía rescatarla...
De pronto, todo era silencio, mi mundo se derrumba, sin ruidos, sin estrépitos, sin expectativas, sin replanteos...
Tal vez el payaso interior, que conoce mis ansias, debería aflorar, para acompañarme con su tristeza y melancolía.
Ejercicio B
· Nuestro lugar es la casa obligatoria para que florezcan los sueños de las almas.
· Al mirarme esos rojos zapatos inseguros me invitaban a bailar.
· El mantel oportuno es, pero siempre acaba con huellas inoportunas.
· Que podía transmitir ese collar alto, sino, lo difícil que sería alcanzarlo.
· Ante mis ojos, el espejo destrozado en mil pedazos, como mis sueños.
· Audaz, atractivo y seductor el negro camisón de encaje, permanecía inerme sobre el lecho, esperando su destino.
· Detrás de bullicios, de risas, por el pasillo, avanzaban un par de silenciosas botas, marcando el piso recién encerado.
· Tocar aquel piano embrujado, nos abría una puerta mágica, que nos permitía ver otros mundos.
· Iban avanzando por la vida, sin trabas y sin tapujos, los llamaban hermanos mandarino
· Dulce y verde y deliciosa manzana entreabierta que nos autoriza a descubrir su corazón.
Reina Montero
Ejercicio A
Sin título
Llovía. Miraba por la ventana entreabierta el paso de los peatones por la vereda empapada. Se preguntaba qué haría esa noche, ningún plan lo seducía. Eléctrico, así se sentía; extrañas sensaciones lo invadían y lo intranquilizaban. Seguía lloviendo. Se dirigió a la cocina para tomar algo que lo tranquilizara, no había nada en el cajón, ni en la alacena. Tendría que salir y comprar algo. Se decidió, agarró el piloto, algo de dinero y se fue. Cerró con llave la puerta principal y notó que las rejas del ventanal de su cuarto estaban abiertas. No recordaba si esa mañana las había trabado, tal vez el viento le había jugado una mala pasada.
Caminado hacia la farmacia, un olor profundo a hamburguesas callejeras llegó hasta su nariz, sintió hambre pero, se resistió a comprar una. Miraba con cierto rechazo al grupo que se había juntado alrededor del puesto; cuando pasó junto a ellos su apetito se había esfumado, odiaba la comida chatarra y más aún a ciertos payasos que se engolosinaban la boca con pan y mostaza.
Ejercicio B
· El actor reflexionó sobre el papel obligatorio que le tocaba interpretar esa noche; dudaba. Se había propuesto seguir sus impulsos pero, algo lo detenía.
· No encontraba nada que lo guiara por el camino; una luz insegura iluminaba su marcha. Se detuvo frente a la iglesia y por primera vez en muchos años rezó.
· El río manso lo invitaba a pescar; la tarde de sol acariciaba su rostro moreno; los pies descalzos en la tierra colorada se sujetaban con fuerza; la caña oportuna estaba allí, sólo le restaba probar suerte.
· Por las aguas altas del río, su mente fugitiva devenía como la corriente. Sus vanos pensamientos lo abstraían de aquella realidad impiadosa y cruel.
· Había llegado al colmo de su vida hogareña. Harta de los malditos quehaceres miró el mantel destrozado por el cachorro y se echó a llorar como una niña.
· El viernes a la tarde la había recibido; no quería volverla a leer pero, estaba allí. La habían despedido; la maldita carta negra había llegado cuando menos lo esperaba.
· El tiempo pasaba tan lentamente que parecía detenido. El almanaque silencioso era el fiel testigo de su angustia.
· Aunque se negaba a escribir, el lápiz embrujado lo manejaba a él.
· El color lo decía todo; acompañaba su estado de ánimo la felicidad mandarina.
· No era sinfín como lo había soñado. Un mes después de la boda, su idea sobre el matrimonio había quedado como un anillo entreabierto.
Stella Maris Iazurlo
Ejercicio A
Sin título
La habitación estaba cerrada y aún así las imágenes que despertaban en su mente no paraban de moverse, como si se escaparan por alguna hendija que él no atinaba a divisar. Como si un eléctrico fluir de energía se conectara entre ambos. Volvió la cabeza hacia otro lado, y sus ojos entrecerrados dieron con la ventana. La cortina se movió como si la fuerza de esa mirada fuera la cocina donde un hechizo estaba siendo preparado y las burbujas del caldero empujaran la tela de voile que ya había dejado de ser blanca.
Una mosca o una abeja se posó sobre el vidrio y las rejas de hierro parecieron desaparecer tras sus pestañas. Un pensamiento gris le turbó la cabeza, no supo si ponerse de pie o seguir sentado en aquel sillón otrora negro que parecía salido de algún remate pueblerino. Optó por lo primero pero sintió que su cintura le jugaba una mala pasada, como si sus músculos, su carne, se convirtieran en una hamburguesa que empezaba a pudrirse sin remedio. Caminó con zozobra y se sintió viejo, decrépito, oloroso. Supo que no sería capaz de volver el tiempo atrás y tampoco de intentar abrir la puerta.
Sintió que algo lo llamaba y se sintió un payaso escuchando los murmullos de una habitación donde hacía tiempo no entraba nadie. Dio dos pasos y volvió a sentarse. No trataría hoy , tal vez mañana, o quizá la semana próxima o la siguiente…..
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