El sábado 14 de noviembre -disculpen la demora, claro-, nos juntamos en Librería Guardia (Alsina 61, Ramos Mejía) bajo la excusa del "Club de lectura y escritura". Y, entre lecturas y cafés, charlas y reflexiones, realizamos algunos trabajos.
El primero de ellos, tuvo como origen una frase de A. Castillo que permite distinguir a un cuentista de un novelista. Dice Castillo que un novelista, al ver caer al piso a un hombre, piensa "¿qué hará cuando se levante?" y el cuentista, piensa, ante la misma situación: "¿por qué se habrá caído?".
Ante esta idea, y en un alarde de originalidad por parte del coordinador, se planteó escribir un cuento cuyo único dato conocido era la caída de un hombre en la calle.
Estas son las producciones -que mejoran mucho la consigna-
(Sin título), por INÉS
Venía por la vereda del sol como un ciego, solo. No miraba a nadie; un hecho en particular lo abstraía, no sabía qué era pero, algo le había pasado esa tarde. Sus pies seguían un mudo recorrido, sus pasos se hacían cada vez más lentos, ¿A dónde iba? no lo sabía, o, por lo menos, no era consciente de ello.
En la esquina, miró el semáforo, estaba en rojo. Se detuvo… Ahora, ¿qué haría?. Las manos sudadas lo ponían nervioso, pero más lo hacían los recuerdos borrosos que tenía de esa tarde. Como un autómata peatón de la ciudad continuó caminando, avanzando con pasos perdidos hacia la nada.
Todos lo vieron, algunos lo socorrieron. En ese andar sin rumbo desesperado, el hombre solo recordó lo ocurrido. Los ojos se le nublaron, las piernas desfallecieron. Como un cuerpo sin mañana, el hombre cayó al suelo.
Un hombre que cae, por Gabriela
José subió al colectivo como todas las mañanas. El aire escaso parecía ser el único recurso que necesitaba ese día. Las ventanillas cerradas como en un sarcófago, no permitían dejar salir su malhumor cotidiano.
Había desayunado apenas, y su pelo estaba de terror. El remolino de sus pensamientos continuaba hasta la punta de cada uno de sus cabellos.
Bajó de su tortura en movimiento a los empujones, cruzó la calle sin mirar y sin querer casi tira a un vendedor ambulante que también trataba de comenzar el día.
–¿A dónde vas, idiota? – le contestó con un grito
“Idiota”, pensó. Ahora tenía que ver la cara del idiota de su jefe. La de su compañera de oficina que no hacía más que mirarlo de manera que cada gesto significaba para él una crítica silenciosa y la de su compañero que apenas llegaba le preguntaba con cuántas minas había salido la noche anterior.
¿Por qué seguía con esa rutina? Tal vez solo su cuerpo seguía, ¿a dónde iba él?
Sumergido en sus pensamientos los ruidos de la ciudad parecían silencios conocidos, por ello no escuchó el grito del obrero de la construcción de enfrente a su oficina.
Solo cayó…
Un hombre cae en la calle, por Stella
Roberto no pudo más y salió a la calle. La cabeza le latía como si el corazón se le hubiese cambiado de lugar con la noticia. Sentía el ardor en los ojos que supo, estaban colorados. Pero aún así, no le caía ni una lágrima. No se lo permitiría. Eso, si no le caía ni una lágrima, tal vez, no fuera cierto. Cruzó la avenida sin mirar siquiera.
Prendió un cigarrillo y aspiró el humo con ahínco, casi para tratar de quitarse el poco aliento que le quedaba. Se sofocaba de sólo tratar de recordar todo lo que había escuchado. Dobló la esquina, también se le doblaron las piernas…
Sintió en el pecho el peso del mundo, de su mundo. Y la angustia. Y el desaliento.
Juntó las pocas fuerzas que tenía y se miró en una vidriera, de refilón, sin esperanzas… Pero una nube pesada le cegó la mirada y se vio oscuro y tenebroso. Se secó la frente y se miró las manos. Y respiró profundo, pero no le alcanzó. Y se cayó en la calle.
(Sin título), por Ana María
Salía presuroso del hospital, casi sin mirar hacia atrás, una lágrima rodó por su mejilla, el tiempo se había congelado, ya no había llantos, claro, el llanto es vida, si llora está bien, no, se topó con el silencio. El llanto era el suyo, el de Marta, el de Laura, el de todos, hasta la enfermera, se lamentaba:
-Esta semana no fue buena.
Raúl había caminado hacia no sé qué lugar, sin destino, sin rumbo, sin tiempo y esa lágrima aún en sus labios permanecía congelada como su alma y como sus recuerdos donde él, junto a Marta, soñaban con el llanto de su hijo, que no fue, se dio la vuelta y regresó, no sabemos muy bien a dónde.
Raúl giró en la esquina de Uriburu y Bonpland se chocó con el pavimento y se cayó, quedó tendido sobre el asfalto y ya no quiso levantarse.
Vale aclarar que algunos participantes del grupo se unieron posteriormente o, aquel encuentro, se retiraron anticipadamente.
Próximamente, más de los tres encuentros de noviembre.
Saludos y, si no los veo, felices fiestas...

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